El día que descubrí la ortiga
- La agroecología también es aprender a observar.
- La ortiga cambió mi manera de mirar la finca.
- Hoy hacemos sopa y purín con nuestras ortigas.
Tenía unos treinta años cuando, caminando por una selva de montaña en África donde habitan los gorilas —niebla, humedad y verde infinito—, escuché por primera vez hablar de una planta que irritaba la piel. “Cuidado con la planta que irrita la piel”, me decían.Yo no sabía ni de qué hablaban.

Muchos años después, tengo ortigas por todos lados en la finca. No sé si antes había menos. Quizás las sacábamos al trabajar la tierra. Quizás estaban y yo simplemente no las veía. Crecí entre viñedos y plantas, pero no tengo el recuerdo de las ortigas cuando era chica.
Y eso me hace pensar cuánto cambia nuestra manera de mirar con los años
El paisaje puede ser el mismo y, sin embargo,
nosotros ya no somos los mismos.
Aprender a mirar la tierra
Desde que empezamos a trabajar de una manera agroecológica, cambió el suelo y también cambió mi manera de observarlo.
Dejamos de pensar que todo lo que crece espontáneamente hay que sacarlo. Empezamos a preguntarnos por qué aparece una planta acá y no allá y qué puede estar diciéndonos sobre la tierra.
Y ahí empecé a mirar las ortigas.
Ahora aparecen por todas partes. También tenemos malvas, llantén, diente de león y otras plantas que antes probablemente hubiera llamado simplemente “yuyos”. Hoy sé que pueden darnos pistas sobre lo que está pasando en el suelo.
De la ortiga a la sopa
La primera vez que realmente me acerqué a una ortiga fue en la cocina.
Buscando qué podía hacer con ellas, encontré esta receta de sopa de ortigas, papas y puerros en Adamant Kitchen. Me gustó y decidimos probarla.
Así que cosechamos las ortigas y, con la ayuda de mi madre —porque ella es la que cocina de verdad—, hicimos la sopa.
Era verde, intensa, un poco como una espinaca con carácter.
Y me encantó.
Del plato al jardín
Después descubrí que con esas mismas ortigas podía preparar purín para alimentar las plantas. El año pasado hicimos el primero y empezamos a probarlo en el jardín. Hoy lo aplicamos con regularidad, siempre de noche. Y observamos.
El jardín está más verde, lleno de flores, insectos y mariposas. Los huéspedes de Finca Adalgisa también lo notan y nos dicen que nunca lo habían visto tan vivo.

Quizás eso sea lo que más me interesa de la agroecología: aprender a observar.
Entender que el viñedo no termina en la vid. Que hay todo un mundo creciendo espontáneamente alrededor nuestro y que vale la pena detenerse a mirarlo.
La ortiga fue una pequeña parte de ese aprendizaje. Primero descubrí que podía comerla. Después, que podía transformarla y devolverla a la tierra para nutrir otras plantas.
No sé si hoy hay muchas más ortigas que antes o si simplemente aprendí a verlas. Probablemente sean las dos cosas.
La tierra cambió. Y yo también.
Quizás crecer tenga un poco que ver con eso: volver a mirar aquello que estuvo delante nuestro durante años y descubrir que todavía tenemos mucho por aprender.
Agosto. Empiezan a aparecer las primeras ortigas del año en la finca.
¿Y qué vino tomamos con esta sopa?
Semillón. Su frescura acompaña el carácter vegetal de la ortiga y la textura cremosa de la papa y el puerro.



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