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Una mujer sola en un salón antiguo. El cuerpo en movimiento, casi suspendido, como si escuchara una música que no se oye. Detrás, una pared cubierta de retratos: miradas del pasado que observan, acompañan, sostienen.

El eco de las mujeres

 

  • Mujeres que eligieron la tier­ra, la paz y el cuida­do como for­ma de con­stru­ir futuro.
  • Nom­bres, deci­siones y gestos femeni­nos que sostienen una fin­ca a través del tiem­po.
  • Con­tinuidad silen­ciosa: mujeres que tejen cul­tura, hog­ar y lega­do sin bus­car pro­tag­o­nis­mo.

Hay his­to­rias que no se escriben con rui­do, sino con per­sis­ten­cia.

 

Un legado que se hereda sin palabras

Hay cosas que no se planean.
Que sim­ple­mente suce­den.

Coin­ci­den­cias que pare­cen casuales, pero que, con los años, uno des­cubre que no lo son tan­to.

A veces pien­so que la vida tiene su pro­pio lengua­je.
Un idioma silen­cioso, hecho de nom­bres, fechas y deci­siones que se repiten.
Un idioma que solo se entiende cuan­do uno mira hacia atrás.

Adalgisa: la decisión que lo cambió todo

Yo me llamo Adal­gisa, como mi bis­abuela. Aque­l­la mujer que, cuan­do su mari­do quiso volver a Italia, decidió quedarse en Men­doza. No quiso que sus hijos fuer­an a la guer­ra.
Eligió la paz.
Eligió la tier­ra.

Sin saber­lo, eligió tam­bién nue­stro futuro.

Hay deci­siones que pare­cen pequeñas
has­ta que el tiem­po rev­ela su ver­dadera dimen­sión.

Gra­cias a ella, hoy esta­mos aquí.

Mujeres que sostienen el tiempo

Años después, mi abuela com­pró esta fin­ca, en 1936. Y no se la com­pró a un hom­bre, sino a otra mujer.

Una mujer france­sa lla­ma­da Gabriela.
El mis­mo nom­bre que el mío.

Esa mujer usa­ba esta antigua casa como casa de hués­pedes.
Un lugar de abri­go, de espera, de lle­ga­da.

Dos mujeres.
Dos épocas.
Un mis­mo espa­cio.

El eco que vuelve

No sé si es casu­al­i­dad o des­ti­no. Pero hay algo de eco en todo esto. Como si algu­nas his­to­rias no ter­mi­naran nun­ca, solo esper­aran ser con­tin­u­adas. Porque las mujeres de esta his­to­ria no con­quis­taron ter­ri­to­rios. No fun­daron impe­rios. No dejaron mon­u­men­tos. Hicieron algo más silen­cioso y más poderoso: sos­tu­vieron.

Sosten­er tam­bién es crear.

Tal vez por eso sien­to que no solo heredé una fin­ca. Heredé una for­ma de estar en el mun­do.

Cuidar.
Per­si­s­tir.
Ele­gir quedarse.

Y enten­der que, a veces, el ver­dadero lega­do no está en lo que se ve, sino en lo que per­manece.

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Gabriela Furlotti

Gabriela Furlotti lleva más de veinte años trabajando en vino y hospitalidad en Mendoza. Fundadora de Finca Adalgisa y quien dio nueva vida a Bodega Furlotti, construye proyectos que integran viñedo, territorio y una hospitalidad que no se aprende en manuales. Escribe sobre lo que vive: vino, hospitalidad, agroecología, naturaleza, decisiones sin certezas.

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