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atardecer en finca adalgisa

Notas de Familia: el equilibrio

Hay cosas que solo se perciben cuan­do fal­tan.

En un vino ocurre todo el tiem­po. Nadie dice: qué buen equi­lib­rio tiene este vino. En cam­bio, todos nota­mos cuan­do el alco­hol sobre­sale, cuan­do la madera tapa la fru­ta o cuan­do la acidez rompe la armonía. El equi­lib­rio no lla­ma la aten­ción. Solo se hace vis­i­ble cuan­do desa­parece.

Con la hos­pi­tal­i­dad nos ocurre exac­ta­mente lo mis­mo.

En un hotel, la habitación impor­ta. La limpieza impor­ta. El desayuno impor­ta. Son la base. Sin ellos no existe una bue­na expe­ri­en­cia.

Pero tam­poco expli­can por qué un lugar per­manece en la memo­ria.

Lo que trans­for­ma una estadía en un recuer­do está hecho de cosas casi invis­i­bles.

La luz al caer la tarde.

La músi­ca en el vol­u­men jus­to.

El per­fume del jardín después del riego.

Los pájaros por la mañana.

El silen­cio, cuan­do el silen­cio hace fal­ta.

La for­ma en que alguien ofrece ayu­da, sin invadir.

El tiem­po que tran­scurre entre una necesi­dad y la respues­ta.

Ninguno de esos detalles, por sep­a­ra­do, merece una fotografía. Casi nadie escribe una reseña sobre ellos. Sin embar­go, cuan­do uno fal­la, toda la expe­ri­en­cia pierde armonía.

En el vino sucede exac­ta­mente igual.

No recor­damos un gran vino porque su acidez era per­fec­ta o porque sus tani­nos esta­ban bien inte­gra­dos. Lo recor­damos porque nada sobre­salía más de la cuen­ta. Todo parecía estar en su lugar.

Por eso nos resul­ta tan famil­iar. Lle­va­mos más de veinte años inten­tan­do encon­trar ese mis­mo equi­lib­rio en dos ofi­cios dis­tin­tos: hac­er vino y recibir per­sonas.

Esa es la mejor defini­ción del equi­lib­rio.

No es un ele­men­to más.

Es el momen­to en que todos los ele­men­tos dejan de com­pe­tir entre sí y empiezan a sosten­erse mutu­a­mente.

Los hote­les sue­len hablar de habita­ciones, pisci­nas, restau­rantes o met­ros cuadra­dos. Los vinos hablan de pun­tos, var­iedades o bar­ri­c­as.

Con los años aprendi­mos a prestar aten­ción jus­ta­mente a eso: a lo que casi nun­ca se ve.

Porque creemos que la ver­dadera hos­pi­tal­i­dad —como un gran vino— no se con­struye suman­do cosas extra­or­di­nar­ias, sino logran­do que cien­tos de pequeños detalles tra­ba­jen jun­tos has­ta desa­pare­cer.

Y cuan­do eso sucede, que­da una úni­ca sen­sación.

Armonía.

Notas de Famil­ia
Serie: La filosofía de un lugar

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Gabriela Furlotti

Gabriela Furlotti lleva más de veinte años trabajando en vino y hospitalidad en Mendoza. Fundadora de Finca Adalgisa y quien dio nueva vida a Bodega Furlotti, construye proyectos que integran viñedo, territorio y una hospitalidad que no se aprende en manuales. Escribe sobre lo que vive: vino, hospitalidad, agroecología, naturaleza, decisiones sin certezas.

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