Notas de Familia : Curaduría: la tentación de sumar.
La curaduría en el vino y la hospitalidad parte de una misma disciplina: saber qué no pertenece. La calidad rara vez nace de agregar.
Casi siempre nace de renunciar. Decidir qué queda afuera.
En el vino, eso significa descartar racimos antes de que maduren, aunque cada uno de ellos podría convertirse en más botellas. También puede significar descartar una barrica entera si no está a la altura del corte final, aunque haya costado tiempo y dinero producirla. O dejar afuera técnicas, variedades, ideas que en otro contexto funcionarían, simplemente porque no son las de ese vino en particular.
Nadie brinda por lo que un enólogo decidió no usar. Y sin embargo, eso es casi siempre lo que determina la calidad final.
Con la hospitalidad ocurre lo mismo, aunque cueste más verlo.
La tentación de sumar
Es fácil confundir hospitalidad con abundancia. Más servicios, más amenities, más opciones en el menú, más actividades para ofrecer. Cada cosa que se agrega parece, en el momento, una mejora.
Pero un lugar que ofrece todo termina sin identidad. Se parece a cualquier otro lugar que también ofrece todo. La sensación de estar en un sitio único no nace de la cantidad de cosas disponibles, sino de que cada cosa que está, está por una razón, y no simplemente porque alguien pensó que sumaba.
Lo que se pierde cuando no se cura
Cuando no se cura, todo compite por atención. La habitación quiere ser espectacular, el jardín quiere ser espectacular, el menú quiere ser espectacular, y ninguno termina de serlo, porque la atención del huésped se dispersa entre demasiadas cosas que gritan al mismo tiempo.
Un vino con demasiadas variedades mezcladas sin criterio pierde carácter, aunque cada una de esas variedades sea excelente por separado. Un lugar con demasiadas propuestas simultáneas pierde carácter, aunque cada propuesta sea, individualmente, muy buena.
La curaduría es lo que evita que las cosas buenas se anulen entre sí.
Elegir es también una forma de cuidar
Toda elección implica una renuncia.
Reducir la producción de un vino no significa hacer menos. Significa decidir cuánto se está dispuesto a cuidar. Lo mismo ocurre con un hotel. No tener cien habitaciones no siempre es una limitación. A veces es la forma de poder conocer cada rincón, cada planta, cada detalle y, sobre todo, a cada huésped.
No se pueden cuidar infinitas cosas al mismo tiempo.
Por eso, detrás de cada vino y de cada lugar con identidad hay una larga lista de decisiones invisibles: vinos que no se elaboraron, habitaciones que nunca se construyeron, servicios que nunca se ofrecieron, ideas buenas que simplemente no pertenecían a ese lugar.
Esa lista de renuncias también forma parte de la obra.
Curar es proteger aquello que hace único a un lugar.
La identidad no se construye con todo lo que somos capaces de hacer. Se construye con todo aquello que decidimos no hacer.
Por eso la curaduría no se nota cuando está bien hecha. Solo se nota, como el equilibrio, cuando falta.
Serie: la filosofía de un lugar



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