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Brindis con vino alrededor de la mesa larga, con el asador cocinando al fondo, en Finca Adalgisa

Asado argentino

No es solo carne a la par­ril­la. Es el fuego, la espera y una mesa que se alarga sin apuro.

Mientras llega la carne

Decir que el asa­do es carne a la par­ril­la es cier­to, pero no alcan­za. El asa­do es el fuego, la espera, la gente que lle­ga de a poco, la mesa que se alarga y unas horas en las que nadie tiene apuro.

En muchas casas argenti­nas, el domin­go empieza con alguien que se lev­an­ta tem­pra­no a hac­er el fuego. Toma unos mates, escucha la radio, lee el diario, mira la leña vol­verse brasa. Después parece que no hace nada, pero en real­i­dad está esperan­do. Nadie apu­ra ese pro­ce­so.

Des­de aden­tro de la casa se sabe por el olor cuán­to fal­ta. En la coci­na se preparan las ensal­adas, el pan, la pic­a­da. Y de a poco van lle­gan­do her­manos, cuña­dos, tíos, pri­mos, algún ami­go, algún veci­no.

El asa­do empieza mucho antes de que la carne llegue a la mesa. Y tam­poco ter­mi­na cuan­do lle­ga.

La mesa es parte de ese tiem­po. Se llena de comi­da, de copas y de con­ver­sa­ciones que van y vienen. Se come, se char­la, alguien sirve un poco más de vino, gen­eral­mente un Mal­bec. Y cuan­do ya no hay ham­bre, muchas veces uno se que­da igual.

Me hace acor­dar a las mesas de mi abue­lo, Medar­do Clodomiro: largas, con mucha gente, con­ver­san­do y bebi­en­do vino has­ta tarde.

Qué se come

No hay un úni­co asa­do. Cada famil­ia tiene sus cos­tum­bres y cada asador sus pref­er­en­cias, pero hay clási­cos que apare­cen una y otra vez: la tira de asa­do, cor­ta­da con el hue­so; el vacío, sabroso y jugoso; algo de cer­do; los chori­zos, la mor­cil­la y, para quien no come carne, un pro­volone a la par­ril­la. Para quien viene de Europa o de Esta­dos Unidos, algunos cortes pueden ser nuevos. Acá la carne se cor­ta de otra man­era y se coci­na con otro rit­mo.

Va a la par­ril­la sobre brasas y se coci­na despa­cio. Un buen asador mira el fuego tan­to como la carne. Sabe cuán­do mover­la, cuán­do dejar­la qui­eta y cuán­do ya está lista. Eso se aprende miran­do el fuego, proban­do y repi­tien­do el gesto muchas veces.

Mien­tras tan­to se con­ver­sa, se toma vino, se prue­ba algo de la mesa. Alguien se acer­ca a la par­ril­la. Otro pre­gun­ta cuán­to fal­ta. El asador con­tes­ta algo que casi nun­ca es una hora exac­ta.

En la Finca

En Fin­ca Adal­gisa el fuego se prende a la tarde. Cuan­do llegás, ya hay una mesa larga prepara­da, una copa de vino y algo para picar. La mesa es para doce, no más. Así todos ter­mi­nan par­tic­i­pan­do de la mis­ma con­ver­sación.

No hay un momen­to pre­ciso en que empiece la comi­da: la mesa empieza cuan­do la gente se sien­ta.

Se habla de vino, de Men­doza, de via­jes, de cómo es el lugar de donde viene cada uno. Per­sonas que no se conocían ter­mi­nan con­ver­san­do como si lle­varan más tiem­po sen­tadas jun­tas.

Después la carne lle­ga por ron­das. Te servís un peda­zo y, cuan­do querés más, lle­ga el sigu­iente. Entre ron­da y ron­da la con­ver­sación sigue, cam­bia de tema y vuelve.

Hay quien lle­ga con ganas de pro­bar carne argenti­na. Des­cubre cortes nuevos, pre­gun­ta por la par­ril­la, mira cómo tra­ba­ja el asador. Pero en algún momen­to de la noche ya no habla de la carne.

Al otro día, si hubo asa­do, pre­gun­to cómo fue. Si se armó la char­la, si alguien con­tó algo, si el vino se sirvió como hay que servir­lo.

Al final, un fer­net con Coca, como se toma en la Argenti­na. Si le pre­gun­tás al asador cómo hizo la carne, quizás te cuente algún secre­to. O quizás no. Nadie se lev­an­ta ensegui­da.


 Reser­vas
Asa­dos en la Fin­ca: lunes, miér­coles y viernes a las 20:00, durante la tem­po­ra­da. Pen­sa­do para nue­stros hués­pedes; según disponi­bil­i­dad, tam­bién para vis­i­tantes exter­nos. Reser­vas:

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Categoria:Comida y vino
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Gabriela Furlotti

I'm Gabriela Furlotti. I was born and raised among vineyards in Mendoza, and I still live on a finca. My family came from Italy, the Basque Country and Catalonia. Some knew the land, others the law. They had vineyards, wineries, a hotel and a dairy farm. I carry that on in my own way: I make wine at Bodega Furlotti, welcome guests at Finca Adalgisa and plant trees in Altamira. I water, walk through the vineyard, and gather eggs and chicory for dinner. Here I write down what I see, what I do and what I was told, so it won't be lost.

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