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Barricas de roble en la cava de Bodega Furlotti, con un rayo de luz cayendo sobre la pared de una anigua pileta de vino

Notas de Familia : el tiempo

Exis­ten dos tiem­pos dis­tin­tos, aunque los nom­bre­mos con la mis­ma pal­abra.

Uno tran­scurre. El otro se acu­mu­la.

El tiem­po que tran­scurre sim­ple­mente pasa: son los días, los meses, una cri­an­za en la botel­la. El tiem­po que se acu­mu­la es otra cosa. Se deposi­ta en algo —un vino, una casa, una man­era de recibir a alguien— y lo va trans­for­man­do des­de aden­tro, capa sobre capa, sin apuro y sin pausa.

Ese segun­do tiem­po no se puede com­prar, ni acel­er­ar, ni reem­plazar. Solo se puede respetar.

Lo que la crianza no explica

Se suele decir que un gran vino nece­si­ta meses de cri­an­za, y es cier­to, pero es ape­nas una parte pequeña de la ver­dad.

Un gran vino nece­si­ta, sobre todo, décadas de conocimien­to acu­mu­la­do sobre un lugar especí­fi­co. Nece­si­ta que alguien haya enten­di­do, con los años, cómo se com­por­ta ese sue­lo en un año de sequía y en un año de llu­via. Nece­si­ta gen­era­ciones de per­sonas que fueron cor­rigien­do, con pacien­cia, la man­era de leer una mis­ma tier­ra.

Ese conocimien­to no está en ningu­na bar­ri­ca. Está en las per­sonas.

Por eso el ver­dadero pat­ri­mo­nio de un lugar que hace vino no son los edi­fi­cios ni las insta­la­ciones. Es el tiem­po acu­mu­la­do en las deci­siones de quienes tra­ba­jaron ahí antes. Cada decisión cor­rec­ta, toma­da hace años, sigue rin­di­en­do hoy, aunque nadie la recuerde como una decisión pun­tu­al.

La continuidad, no la antigüedad

Pertenecer a una larga cade­na de per­sonas que se dedi­caron a lo mis­mo no es, por sí solo, un méri­to. La antigüedad no vale nada si no hay con­tinuidad real detrás.

El méri­to no es haber recibido algo. El méri­to es haber­lo com­pren­di­do un poco mejor de lo que se com­prendía antes, y haber­lo entre­ga­do, después, un poco mejor de lo que se recibió.

Eso es con­tinuidad: no repe­tir lo mis­mo durante mucho tiem­po, sino sumar una capa de com­pren­sión sobre la capa ante­ri­or, gen­eración tras gen­eración, sin que nadie pue­da decir con exac­ti­tud dónde ter­mi­na el aporte de una per­sona y empieza el de la sigu­iente.

Una conversación entre personas que no se conocen

El vino es, en el fon­do, una con­ver­sación larguísi­ma entre per­sonas que muchas veces nun­ca lle­gan a cono­cerse. Alguien plan­ta una vid sabi­en­do que otro va a decidir cuán­do cor­tar­la. Alguien elige un esti­lo sabi­en­do que otro, años después, lo va a cor­re­gir, ajus­tar o pro­fun­dizar. Nadie hace todo el tra­ba­jo. Todos con­tinúan una obra que empezó antes y que va a seguir después de que dejen de estar pre­sentes.

Lo mis­mo pasa con una casa, con un jardín, con una famil­ia, con un paisaje que alguien decidió cuidar en lugar de vender. Las cosas que per­du­ran nece­si­tan per­sonas dis­pues­tas a tra­ba­jar para un resul­ta­do que prob­a­ble­mente no van a lle­gar a ver del todo. Alguien plan­ta un árbol sabi­en­do que la som­bra com­ple­ta la va a dar den­tro de trein­ta años.

El tiempo también se ofrece

Hay una for­ma de hos­pi­tal­i­dad que con­siste, sim­ple­mente, en dar tiem­po.

Dar­le tiem­po a un huésped para que deje de sen­tirse de paso. Dar­le tiem­po a una con­ver­sación para que llegue a algún lugar, en vez de cor­tar­la antes de tiem­po. Dar­le tiem­po a un desayuno, a una copa de vino, al silen­cio que sigue después de que alguien ter­minó de hablar.

Ese tiem­po que se ofrece no se ve, no se fac­tura y no aparece en ningu­na reseña. Pero es, prob­a­ble­mente, el rega­lo más difí­cil de dar, porque es el úni­co que no se puede fin­gir. Se nota, casi de inmedi­a­to, cuan­do alguien tiene tiem­po de ver­dad para dar y cuan­do sim­ple­mente está cumplien­do.

El tiem­po, acu­mu­la­do así, es lo que sostiene todo lo demás.

El tiem­po no deja recuer­dos.

Deja raíces.

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Gabriela Furlotti

I'm Gabriela Furlotti. I was born and raised among vineyards in Mendoza, and I still live on a finca. My family came from Italy, the Basque Country and Catalonia. Some knew the land, others the law. They had vineyards, wineries, a hotel and a dairy farm. I carry that on in my own way: I make wine at Bodega Furlotti, welcome guests at Finca Adalgisa and plant trees in Altamira. I water, walk through the vineyard, and gather eggs and chicory for dinner. Here I write down what I see, what I do and what I was told, so it won't be lost.

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