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Comedor de Finca Adalgisa con techo de caña, piso de mosaicos y almohadones de distintos estampados

Notas de Familia : La armonía

Una sola nota, por más afi­na­da que esté, no es músi­ca.

La músi­ca empieza cuan­do varias notas dis­tin­tas sue­nan jun­tas y, en lugar de anu­larse, se sostienen entre sí. Eso es un acorde. Ningu­na nota deja de ser lo que es. Ningu­na se dis­fraza de otra. Pero jun­tas pro­ducen algo que ningu­na podría pro­ducir sola.

Eso es la armonía. Y es dis­tin­ta del equi­lib­rio, aunque sue­lan con­fundirse.

Dos lógicas distintas

El equi­lib­rio evi­ta que algo domine. Cui­da que ningún ele­men­to se impon­ga sobre los demás: que el alco­hol no tape la fru­ta, que el dis­eño no tape la calidez, que un detalle no le gane pro­tag­o­nis­mo a otro. Es una lóg­i­ca de bal­an­za. Se tra­ta de que nada sobre.

La armonía es otra cosa. No tra­ta de que nada sobre, sino de que cosas dis­tin­tas —no opues­tas, sim­ple­mente dis­tin­tas— con­vi­van sin nece­si­tar pare­cerse.

La casa y la viña no com­piten entre sí. Un jardín y una sala de estar no com­piten entre sí. Una con­ver­sación con un huésped y el silen­cio de una tarde tam­poco com­piten. Son voces dis­tin­tas. La armonía es que puedan sonar en el mis­mo momen­to, o en la mis­ma tarde, sin que ningu­na ten­ga que apa­garse para que la otra se escuche.

Cuando falta armonía

Se nota ensegui­da cuan­do algo no tiene armonía, aunque cada parte esté bien resuelta.

Una habitación per­fec­ta en un lugar sin alma. Un vino téc­ni­ca­mente impeca­ble que no dice nada. Un ser­vi­cio impeca­ble, hecho por alguien que clara­mente preferiría estar en otro lado. En ningún caso hay un ele­men­to que domine sobre otro. El prob­le­ma no es que algo sobre­sal­ga: es que las partes no están dialo­gan­do entre sí. Están, sim­ple­mente, una al lado de la otra.

La armonía no se logra suman­do partes cor­rec­tas. Se logra cuan­do esas partes empiezan a respon­der­se.

Una casa con varias voces

Cualquier proyec­to que reú­na cosas dis­tin­tas —el vino y la hos­pi­tal­i­dad, una vendimia y una tem­po­ra­da de hués­pedes, el tra­ba­jo del cam­po y una con­ver­sación en la mesa— corre el ries­go de que cada una tire para su lado. Que el vino hable de una cosa y la hos­pi­tal­i­dad hable de otra. Que cada activi­dad fun­cione bien por sep­a­ra­do, pero que el con­jun­to no ter­mine de ten­er una voz recono­ci­ble.

La armonía es lo que evi­ta eso. No porque todo se parez­ca, sino porque todo responde a la mis­ma man­era de mirar las cosas. El mis­mo cuida­do que se pone en un raci­mo se pone en una habitación. El mis­mo respeto por el tiem­po que pide un vino se le tiene al tiem­po de un huésped.

No hace fal­ta que las voces sean iguales. Hace fal­ta que estén afi­nadas entre sí.

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Gabriela Furlotti

I'm Gabriela Furlotti. I was born and raised among vineyards in Mendoza, and I still live on a finca. My family came from Italy, the Basque Country and Catalonia. Some knew the land, others the law. They had vineyards, wineries, a hotel and a dairy farm. I carry that on in my own way: I make wine at Bodega Furlotti, welcome guests at Finca Adalgisa and plant trees in Altamira. I water, walk through the vineyard, and gather eggs and chicory for dinner. Here I write down what I see, what I do and what I was told, so it won't be lost.

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