El agua, la vida y el milagro del riego
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El agua en Mendoza es herencia viva: riega viñedos, ordena el paisaje y sostiene la vida en el desierto.
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El riego tradicional se vive caminando la finca, observando surcos y ajustando el agua con atención y tiempo.
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En gestos simples se entiende que el verdadero lujo es habitar la naturaleza y acompañar su ritmo.
El agua es vida.
Y en Mendoza, el agua es milagro.
Vivimos en el desierto, pero aprendimos a hacerlo florecer.
Desde los glaciares hasta las acequias, de los canales a los surcos,
todo forma parte de un sistema tan antiguo como sabio:
el arte del riego mendocino.
Un arte heredado, perfeccionado, amado.
Cuando llega el agua, la finca revive.
La tierra respira, el aire cambia, los pájaros bajan.
Y yo, zapa en mano, camino las hileras mirando cómo el agua corre,
cómo una piedra pequeña puede cambiar su curso,
cómo la vida se distribuye gota a gota.
Caminar con Felipe, mi galgo,
controlar los pollitos, tocar el agua fría, sentir su paso…
es un lujo que no se compra:
es el lujo de vivir en la naturaleza,
de formar parte de su ritmo, de su tiempo, de su milagro.



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